ROSKILDE 2025

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La Utopía Naranja bajo el Diluvio y el Sol

ROSKILDE2025

29 Junio /6 de Julio 2025 

Roskilde, Dinamarca

Texto y fotos: Álex García

 

Dinamarca, finales de junio de 2025. El verano escandinavo, esa bestia caprichosa que alterna entre la caricia de un sol de medianoche y la furia de tormentas bíblicas, volvió a ser el telón de fondo para una de las citas culturales más importantes del planeta: el Roskilde Festival. Más que un evento musical, Roskilde es un estado mental, una ciudad efímera construida sobre ideales de altruismo, sostenibilidad y hedonismo ilustrado. Este año, la edición de 2025 no solo reafirmó su estatus legendario, sino que navegó entre contrastes extremos: del barro a la purpurina, del shoegaze intimista al mainstream de estadios, y de la fiesta desmedida a la conciencia social más aguda.

Esta es la crónica de una semana en la «Orange Feeling».

 

Para entender Roskilde hay que llegar antes de que la música suene en el escenario Orange. Hay que pisar la hierba cuando aún está verde y observar cómo la ciudad de lona cobra vida. Desde el aeropuerto de Kastrup, el tren hacia la antigua capital danesa se convierte en un vagón de peregrinos. La demografía es fascinante: aunque el 80% de los asistentes oscila entre los 18 y los 24 años, el festival es un ecosistema intergeneracional. Este año, podías cruzarte con un local de 63 años —veterano desde la edición del 75— charlando animadamente con jóvenes cubiertos de purpurina y vestidos naranjas, el color oficial de la resistencia festiva.

Antes de la apertura oficial del miércoles, los «First Days» sirvieron de calentamiento. Pasear por el recinto mientras los graffiteros ultimaban sus murales y los puestos de comida recibían sus primeras cajas es un ritual. En el escenario Gloria, reservado para sorpresas y vanguardia, la Bedrock Blues Band ofreció un concierto privado para los voluntarios, esos miles de héroes anónimos sin los cuales la utopía se derrumbaría.

Mientras tanto, en los escenarios activos durante la semana previa, ya se cocinaban los primeros descubrimientos. Destacó Biji, un dúo sueco de raíces kurdas que encapsuló a la perfección el espíritu multicultural del evento: hip-hop, afrobeat y electrónica mezclados con proyecciones de su cultura madre. Ver al público danés saltar al ritmo de melodías de Oriente Medio fue el primer aviso: aquí se viene a derribar fronteras.

Para los más curiosos, la visita obligada fue al Ragnarock, el museo del rock, pop y cultura juvenil situado a unos 15 minutos del recinto. Allí, entre memorabilia de los Beatles y una inmersión en la historia de los reproductores musicales, uno termina de entender por qué Dinamarca respira música.

 

MIÉRCOLES: El Diluvio Universal y la Resistencia Sónica

 

El miércoles marcó el inicio oficial de los «festejos mayores», y con él, llegó la lluvia. El cielo de Selandia se rompió, descargando agua en cantidades industriales y transformando el recinto en un paisaje de barro épico. Pero en Roskilde, la lluvia no cancela la fiesta; la eleva a la categoría de épica.

La jornada comenzó, sin embargo, con calma. La chilena Akriila intentó calentar el ambiente con su mezcla de electrónica y autotune, dejando una versión acústica de Julieta Venegas como anécdota. El relevo lo tomaron los británicos Kokoroko, cuya fusión de jazz y afrobeat fue el bálsamo perfecto antes de la tormenta. Temas como Just Can’t Wait hicieron bailar a los primeros valientes sobre la hierba aún visible.

El jazz siguió siendo protagonista con Kassa Overall, quien desde la batería y acompañado de un pianista y saxofonistas, deconstruyó el hip-hop. Pero la paz duraría poco. El escenario se tiñó de negro —literalmente— con la llegada de los ucranianos Jinjer. Su metal progresivo y djent fue una apisonadora. Tatiana Shmaylyuk, una de las vocalistas más versátiles de la escena, dominó desde los guturales más terroríficos hasta los agudos cristalinos, desafiando a la audiencia con un «Scream for me Denmark» que retumbó en todo el recinto.

 

 

El momento cumbre en español llegó con Ca7riel & Paco Amoroso. El dúo argentino convirtió la carpa Avalon en una sauna de sudor y saltos. Con una banda superlativa que navegaba del funk al rock, presentaron un setlist sin respiro (Dumbai, Baby Gangsta). Su conexión fue total, lanzando mensajes de amor fraternal («Si estás peleado con un amigo, dile que lo amas») y demostrando que el idioma no es barrera cuando el groove es universal. Triunfaron por todo lo alto, incluso solapándose con uno de los platos fuertes del día.

Mientras tanto, en el escenario Orange, Fontaines D.C. demostraban por qué son la banda de rock del momento. Bajo un viento frío y lluvia, el recitado intenso de Grian Chatten en temas como Starbuster o Boys in the Better Land sonó a clásico instantáneo. El grupo aprovechó su altavoz para lanzar mensajes de apoyo a Palestina, invitando a activistas al escenario, un gesto que fue recibido con aplausos y perplejidad a partes iguales, recordándonos el carácter político del festival.

La lluvia se intensificó, convirtiéndose en el enemigo a batir para Charli XCX. La diva del «Brat Summer» tuvo mala suerte. Aunque salió puntual y con actitud, el diluvio deslució un espectáculo pensado para brillar, obligando a los fans a bailar bajo capas de plástico y agua. Peor suerte corrieron Fat Dog en el escenario Apollo; el retraso por la lluvia y una propuesta que se sintió como una rave predecible y algo aburrida hicieron que su hype se diluyera tan rápido como el barro en las botas.

La noche la salvaron los veteranos. Deftones, en la carpa Arena, vivieron una segunda juventud. Un Chino Moreno visiblemente más en forma lideró un concierto que osciló entre la agresión de Rocket Skates y la atmósfera onírica de Sextape. El sonido fue masivo, demostrando que tres décadas después, siguen siendo relevantes incluso para la generación TikTok.

 

 

JUEVES: Sostenibilidad, Gastronomía y la Nota Marrón

El jueves amaneció con un sol tímido que prometía secar las heridas del día anterior. La jornada comenzó con un Press Tour revelador guiado por voluntarios veteranos como Esben. Roskilde no es solo música; es una ciudad modelo.

Nos adentramos en las entrañas del festival. Visitamos la zona «Food is Now», donde chefs como Matt Orlando daban charlas sobre sostenibilidad alimentaria, ofreciendo galletas de «no-chocolate» y cremas hechas con sobras reutilizadas. El mensaje era claro: la comida de festival no tiene por qué ser basura; puede ser un acto político.

El activismo también tuvo su espacio en la instalación «Return to Sender» de The Nest Collective, un cubo hecho de ropa donada que denunciaba el impacto del fast fashion en África, y en el escenario Gloria, decorado por Julie Nymann para concienciar sobre la dislexia y el estigma educativo.

 

 

En el apartado técnico, la visita al escenario Apollo (el templo de la electrónica) dejó una de las anécdotas del festival. Sus responsables de sonido explicaron cómo la configuración de los contenedores y los subgraves es tan potente que, en teoría, podría alcanzar la «nota marrón» (frecuencia capaz de relajar los esfínteres). «Nos ha pasado, alguien defecó en esa esquina… me lo tomaré como un cumplido», bromeaba el técnico. El sonido allí es, literalmente, visceral.

En lo musical, el jueves fue un día de contrastes exquisitos. MRCY sorprendió con un soul moderno y toques de hip-hop. Luego, el brasileño Seu Jorge trajo el sol definitivo al escenario Orange. Con versiones de Roy Ayers y clásicos como Mas que nada, convirtió el recinto en una pista de baile carioca, destilando elegancia y bossa nova.

El cambio radical llegó en el escenario Gloria. De la paz brasileña pasamos al noise salvaje de Couch Slut. Tocando entre la maleza de la escenografía (que recordaba a The Last of Us), la banda neoyorquina ofreció una catarsis de gritos y distorsión. La dedicatoria de la cantante «al gilipollas de mi ex novio Chris» fue coreada por todos.

La tarde se llenó de alma con Thee Sacred Souls. Su cantante, paseándose entre el público, y una banda excelsa, trajeron el mejor soul de la escuela Sharon Jones. «It’s All About LOVE People», predicaban, y el público les creyó. Más tarde, la leyenda Beth Gibbons (Portishead) ofreció el momento más emotivo del día. Con un sonido oscuro y tribal, presentó Lives Outgrown. Cuando sonaron los acordes de Glory Box, el tiempo se detuvo y los abrazos colectivos se multiplicaron.

La noche se cerró con Stormzy, que desplegó pirotecnia y hits como Vossi Bop, y con la oscuridad opresiva y ritualista de los belgas Amenra en el escenario Gaia, un contraste perfecto para un día ecléctico.

 

 

VIERNES: Energía, Divas y Rock de Estadio

El viernes es el día en que el cansancio empieza a pesar, pero la programación obligaba a resucitar. La mañana ofreció joyas para la relajación como Teratai Åkande, una reinterpretación del gamelán balinés con atmósferas nórdicas, y el jazz espiritual de Nala Sinephro.

Pero la calma duró poco. Electric Callboy protagonizaron lo que el festival denomina un «High Energy Concert». Los alemanes son una fiesta de metalcore, tecno de los 90 y humor absurdo. Con cambios de pelucas, confeti y temas como Elevator Operator, pusieron a miles de personas a hacer aeróbic violento.

El synth-pop tuvo su gran momento con Magdalena Bay en el Arena. El dúo norteamericano, con una estética glam barroca y un sonido que bebe tanto de Britney Spears como de Pink Floyd, ofreció un concierto visualmente deslumbrante, culminando con una magistral The Beginning.

 

 

La gran cabeza de cartel, oficiosa y oficial, fue Olivia Rodrigo. Había escepticismo: ¿otra estrella pop prefabricada? Olivia lo destrozó en el primer acorde. Salió con actitud de estrella de rock, guitarra en mano, y una banda que sonaba atronadora. Lejos de las coreografías milimétricas y el playback, ofreció un show orgánico, imperfecto y real. Good 4 u sonó más potente que muchos grupos de punk. Olivia no vino a ser la nueva Taylor Swift; vino a reclamar el trono del rock de estadio para la Generación Z.

La noche continuó con la electrónica de Jako Maron y el hip-hop de Schoolboy Q, para terminar con Jamie XX en el Orange. El británico, un viejo conocido del festival, jugó con la paciencia del público reservando sus hits para el final, pero cuando soltó All You Children y sus samplers setenteros, convirtió el cierre en una rave infinita bajo las estrellas.

 

 

SÁBADO: El Último Baile y la Despedida Industrial

 

El sábado, el «sabbat» de Roskilde, amaneció con la melancolía del final. Los más madrugadores acudieron a ver a Anoushka Shankar y su sitar, pidiendo al sol que se quedara un poco más.

Fue un día de voces femeninas poderosas y mensajes urgentes. Rachel Chinouriri emocionó en el Arena con su indie-soul, mientras que Anohni and the Johnsons ofrecieron el concierto más político y conmovedor. Vestida de blanco inmaculado, Anohni utilizó su voz vibrante para clamar contra el cambio climático (4 Degrees) y el feminismo performativo. «El feminismo es otra manera de conducir el coche que no sea lanzarse por un barranco», sentenció, mientras las pantallas mostraban la devastación de los corales australianos. Fue bello, triste y necesario.

El contraste lo puso el punk. The Chisel desataron el caos en el Gaia con su punk 77 acelerado, convirtiendo el recinto en un mosh pit continuo. De igual manera, las Lambrini Girls demostraron que la actitud lo es todo: con solo un disco y muchas imperfecciones técnicas, se ganaron al público criticando a las TERFs y saltando entre la gente. Son de verdad, y eso en Roskilde vale oro.

Si Olivia Rodrigo fue la reina del pop-rock, Nine Inch Nails fueron los emperadores de la oscuridad. Para los mayores de 25 (y muchos menores), este era el verdadero cabeza de cartel. Trent Reznor no defrauda. Su show fue una lección de diseño sonoro, iluminación y agresividad controlada. Desde los clásicos industriales hasta los pasajes ambientales, NIN crearon un paisaje sonoro post-apocalíptico que retumbó en el pecho de cada asistente. Fue un «High Energy Concert» para los anales de la historia.

En la otra cara de la moneda, Tyla intentó defender su estatus de celebrity en el Orange, pero su propuesta se sintió vacía y prefabricada en comparación con la autenticidad orgánica que reinó el resto del día.

 

 

DOMINGO: Tak for alt (Gracias por todo)

El domingo, mientras las tiendas se desmontaban y los «zombies» arrastraban sus pertenencias hacia la estación de tren, quedaba flotando en el aire una sensación de gratitud. «Tak for alt», dicen los daneses.

Roskilde 2025 volvió a demostrar por qué es único. No es solo por el cartel, que mezcló con maestría a leyendas como Beth Gibbons y NIN con el futuro representado por Olivia Rodrigo o Magdalena Bay. Es por el «Orange Feeling». Es esa utopía donde la seguridad no está reñida con la libertad, donde se puede comer de forma sostenible, donde se lucha contra la dislexia o el fast fashion entre concierto y concierto.

Es un lugar donde un técnico de sonido te cuenta riendo que su escenario hace que la gente se cague encima de puro placer sónico. Donde ves a metaleros llorando con Anohni y a poperos haciendo pogo con The Chisel.

A pesar de los solapes dolorosos, de la lluvia que convirtió las zapatillas en bloques de barro y del cansancio acumulado, la conclusión es unánime: Roskilde sigue siendo, posiblemente, el mejor festival del mundo. Un refugio de humanidad en un mundo turbo-capitalista. Quedan 355 días para volver a casa.

¡Nos vemos en 2026!

 

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