ELECTRIC CALLBOY + BURY TOMORROW + WARGASM

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Rock «a la parrilla»

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23 de enero de 2026, Movistar Arena, Madrid

Texto: Álex García

 

No somos normalmente de entrar en la carrera de subir las crónicas los primeros. Ya sabéis que aquí nos gusta reposar lo vivido, dejar que el zumbido de los oídos desaparezca y analizar las cosas con esa calma que, a veces, te da la perspectiva necesaria para no escribir llevado por el «calentón» del momento. Pero lo del pasado 23 de enero en el Movistar Arena —ese recinto que los madrileños de pura cepa seguiremos llamando Palacio de los Deportes (o Wizink, si nos ponemos modernos) por mucho que le cambien el apellido, merece ser contado antes de que se nos pase la resaca de confeti y neón.

La noche pintaba fea fuera, con ese frío y lluvia de Madrid que te calan hasta los huesos, pero dentro del recinto la película era otra muy distinta. Y digo película porque lo de Electric Callboy hace tiempo que dejó de ser solo un concierto. Ver el patio de butacas y la pista llenos de gente con chándales fosforitos, cintas de aeróbic ochenteras y pelucas imposibles es algo que te reconcilia con la vertiente más lúdica de este negocio. Aquí se venía a sudar, y no precisamente por el agobio, sino por la fiesta.

Abrieron la lata Wargasm, que salieron con esa actitud macarra y provocadora que les caracteriza. Sam Matlock y Milkie Way no se andan con chiquitas; son puro nervio. Su mezcla de electrónica y punk rabioso sirvió para desperezar a los que entraban buscando refugio del diluvio. Temas como «Spit.» sonaron como un tiro, aunque, como suele pasar con los teloneros en estos recintos mastodónticos, el sonido a veces se los comía un poco. Aun así, cumplieron de sobra.

Luego llegó el turno de la seriedad. Bury Tomorrow son, probablemente, la antítesis estética de lo que vendría después, pero musicalmente son una apisonadora. Daniel Winter-Bates y los suyos salieron a demostrar por qué son unos de los capos del metalcore británico actual. Sin florituras, sin pelucas, solo riffs pesados y estribillos melódicos de los que se te pegan al cerebro. «Black Flame» y «Choke» sonaron atronadoras. Fue el momento para los puristas, esos que miraban con recelo las mallas de leopardo de su vecino, un recordatorio de que sí, esto seguía siendo una noche de metal.

Y entonces, se apagaron las luces y se desató la locura. Lo de Electric Callboy es digno de estudio. Salieron a degüello con «TANZNEID» y el recinto se vino abajo. Desde el primer minuto aquello fue una rave poligonera pasada por el filtro del metalcore más bailable. Kevin y Nico son unos maestros de ceremonias excepcionales, manejando los tiempos de un show que es un carrusel de estímulos: cañones de confeti, cambios de vestuario y visuales que parecen sacados de un videojuego epiléptico.

Hubo momentos para todo. El guiño a los nostálgicos (y la presentación oficial de Frank Zummo a los parches tras su paso por Sum 41, un fichaje de lujo que le ha dado un empaque brutal a la base rítmica) con la versión de «Still Waiting» fue coreadísimo. Pero la gente quería tralla de la nueva escuela: «Tekkno Train» casi descarrila el Movistar Arena.

Lo de «Pump It» fue literalmente una clase de gimnasia masiva; ver a 15.000 personas haciendo sentadillas y saltando al unísono es una imagen que se te queda grabada. También tuvieron su momento de «intimidad» (nótese la ironía) con el set acústico de «Fuckboi» en mitad de la pista, rompiendo esa barrera invisible con el público. Y qué decir del medley de «Barbie Girl» o el momento techno-paco de «Hurrikan»; es esa mezcla de humor absurdo y brutalidad sonora lo que les hace únicos.

El final con «We Got the Moves» fue el éxtasis definitivo. No quedó ni un alma sin botar. Al salir, con la sonrisa puesta y el cuerpo molido, la conclusión estaba clara: a veces, el metal no necesita ser oscuro ni trascendente. A veces, solo necesitas ponerte un chándal feo, gritar estribillos pegadizos y dejar que te atropelle un tren de tecno-metal alemán. Y al que no le guste, que se quede en casa escuchando sus vinilos de la vieja escuela, que nosotros nos lo pasamos teta.

Hasta la próxima, si sobrevivimos.

 

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