FITO Y FITIPALDIS

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Aullidos en la capital

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29 de diciembre de 2025   Movistar Arena, Madrid

Texto y Fotos: Álex García Fotero 

 

Hay noches en las que el frío de Madrid es solo una anécdota, un trámite geográfico que se olvida en cuanto cruzas las puertas del Movistar Arena. Lo del pasado 29 de diciembre no fue solo un concierto; fue una declaración de principios. Con el 2026 asomando la cabeza y las fiestas navideñas anestesiando la ciudad, Fito Cabrales y su escudería de lujo aterrizaron en la capital para recordarnos por qué el rock and roll, cuando es honesto, no necesita fuegos artificiales para incendiarlo todo.

La gira ‘Aullidos Tour 25/26’ llegaba con la promesa de presentar material nuevo, y había cierta incertidumbre en el ambiente. ¿Cómo encajarían los temas nuevos entre himnos que ya son patrimonio nacional? La respuesta llegó rápido, en cuanto las luces se apagaron y esa silueta inconfundible —gorra calada, gafas oscuras y una sonrisa de medio lado— se recortó contra los focos.

«Muchas gracias, sois una puta bendición», soltó Fito nada más arrancar, con esa humildad de barrio que ni los discos de platino ni los estadios llenos han logrado borrar. Y ahí empezó la magia.

 

 

El arranque fue una bofetada de realidad: Fito no ha venido a vivir de las rentas. Los temas de ‘Aullidos’ suenan a carretera secundaria, a esa mezcla de blues bastardo y rockabilly que solo él sabe cocinar. Pero la verdadera alquimia ocurrió cuando los acordes nuevos se entrelazaron con la vieja escuela. Ver a Carlos Raya acariciar la guitarra es asistir a una clase magistral de elegancia; es el arquitecto sonoro que sostiene el edificio mientras Fito pone el alma. La complicidad entre ambos sigue siendo el motor de esta maquinaria perfecta.

Cuando sonaron los primeros compases de «La casa por el tejado», el Movistar Arena dejó de ser un recinto cerrado para convertirse en una inmensa azotea compartida por 15.000 almas. No importaba si tenías 20 o 50 años; allí arriba, saltando al unísono, todos éramos parte de la misma tribu. Fue uno de esos momentos de catarsis colectiva donde la banda se limita a acompañar al público, que ruge la letra como si le fuera la vida en ello.

 

 

Hubo espacio para la intimidad, para ese saxo de Javier Alzola que corta el aire y te eriza la piel, recordándonos que los Fitipaldis son mucho más que una banda de acompañamiento; son un reloj suizo con swing. Y, por supuesto, llegó «Soldadito Marinero». Da igual cuántas veces la hayas escuchado en la radio o en verbenas; en directo, con la voz rota de Fito y un recinto iluminado solo por las pantallas de los móviles, sigue teniendo ese poder devastador de la nostalgia bien entendida.

Para cuando encararon la recta final con «Antes de que cuente diez», la sensación era unánime: Fito ha consolidado una fórmula que no caduca porque es real. No hay autotune, no hay poses forzadas, no hay trampa ni cartón. Solo tipos que aman tocar y un público que necesita escuchar.

Salimos del Movistar Arena con los oídos zumbando y la certeza de que, mientras Fito siga aullando, el rock en español tiene cuerda para rato. Madrid se rindió anoche, no ante una estrella, sino ante un músico de oficio. Y qué buena forma de despedir el año, maldita sea.

 

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