LOS LOBOS

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Los Lobos calientan la noche de Madrid

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6 de febrero 2026, Sala Wagon, Madrid

Texto: Álex García

Fotos: Javi G. Espinosa

Mientras medio Madrid se peleaba con el frío y la lluvia para entrar en el Movistar Arena a ver el espectáculo de luces y techno-metal del que todos hablan, unos cuantos cientos de privilegiados decidimos que la noche del 23 de enero no estaba para neones, sino para madera, válvulas calientes y maestría. Nos fuimos a la Sala Wagon, buscando ese calor que solo te da una banda que lleva más de cincuenta años enseñando al mundo cómo se cruza el rock and roll con la raíz latina sin que suene a pastiche.

Lo de Los Lobos no es un concierto, es una cátedra. Es sentarse a ver a unos señores que han olvidado más de música de lo que la mayoría de bandas actuales aprenderán en su vida. Entrar en la Wagon y ver el ambiente ya te decía todo: chupas de cuero gastadas, alguna camiseta de la gira del 92 y esa expectación silenciosa de quien sabe que va a presenciar algo grande en formato pequeño. Porque ver a estos titanes de East L.A. en una sala de este aforo es un lujo casi obsceno.

 

 

Salieron sin intro épica, sin humos, como quien baja al bar de la esquina. David Hidalgo, Cesar Rosas, Steve Berlin, Louie Pérez y Conrad Lozano se colocaron los instrumentos y, desde el primer acorde de «Will the Wolf Survive?», nos pasaron por encima. El sonido fue nítido, orgánico. Aquí no hay bases pregrabadas, amigos; aquí hay cinco músicos que respiran al mismo tiempo. La voz de Hidalgo sigue teniendo ese quejío soul que te araña por dentro, y la guitarra de Rosas, con sus gafas oscuras perennes, sigue siendo puro rock de cantina.

El setlist fue un viaje de ida y vuelta por la frontera. Hubo momentos para el rock más grasiento con «Don’t Worry Baby», donde Steve Berlin demostró por qué es el arma secreta de la banda, soplando el saxo como si le fuera la vida en ello y aportando texturas que elevaban los temas a otra dimensión. Pero cuando agarraron los instrumentos acústicos y se pusieron con el repertorio de La Pistola y El Corazón, la sala enmudeció. Ver cómo desgranaban sones jarochos y cumbias con la misma naturalidad con la que tocan blues es algo que te reconcilia con la música en directo. «Chuco’s Cumbia» puso a bailar hasta al personal de la barra.

 

 

No faltaron los duelos de guitarra, pero no esos de «mira qué rápido toco», sino los de dialogar, los de construir melodías que se entrelazan. Es esa telepatía que solo se consigue tras medio siglo en la carretera.

Para la recta final, se dejaron de sutilezas. «Mas y Mas» fue un cañonazo de energía que hizo temblar el suelo de la Wagon, sudor y decibelios en estado puro. Y sí, por supuesto que tocaron «La Bamba», empalmada con el «Good Lovin'» de los Rascals. Sé que para muchos es la «canción de la boda», pero verla tocada por ellos, con esa furia y esa alegría contagiosa, te hace entender que un clásico nunca muere si se toca con respeto y garra.

Salimos a la calle con los oídos zumbando y una sonrisa estúpida en la cara. Mientras en otros sitios el espectáculo estaba en las pantallas gigantes, en la Sala Wagon el espectáculo estaba en las manos de cinco tipos que nos recordaron que el rock and roll, el de verdad, no necesita filtros. Una noche para enmarcar.

 

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