ANDRÉS CALAMARO

Apuesta sobre seguro

Hace ya bastante tiempo que Andrés Calamaro superó esa barrera que separa a los grandes músicos de las leyendas del negocio. Él lo es, indiscutible y triplemente: por haber sido miembro de Los abuelos de la nada, por haberlo sido de Los Rodríguez y por su monumental trabajo en solitario y, aunque el doble concierto de los pasados días 23 y 24 de mayo en La Riviera se enmarca dentro de la gira correspondiente a su último disco, Bohemio, un disco recibido con tibieza por público y crítica, hace ya, también, bastante tiempo que su solo nombre basta para llenar prácticamente cualquier tipo de recinto. Incluso a pesar de dos últimos trabajos que ni fu ni fa.

Sexy y barrigón, como nos tiene acostumbrado desde hace unos años, se lanzó al ruedo el porteño que si bien asegura seguir sintiendo unos nervios excesivos antes de cada actuación, ninguna muestra da de ello cara al público. De atrezo, un calamar colgando del micrófono y una pantalla gigante a las espaldas en la que, con mayor o menor acierto, diversos vídeos iban ilustrando las canciones de Calamaro.

De Calamaro, y de su magnífica nueva banda: Julián Kanevsky y Baltasar Comotto a cargo de las guitarras, Sergio Verdinelli en los tambores, Mariano Domínguez al bajo y German Wiedemer a los teclados. La misma banda que se llevó al estudio y bajo las órdenes de Cachorro López grabó Bohemio con la solvencia necesaria para que Calamaro se centrara solo en cantar, faceta en la se centró también en La Riviera donde, en muchos de los temas, dejó que fueran sus nuevos compañeros de viaje los que se encargaran de la parte instrumental.

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Hasta cinco canciones del último disco se colaron en la primera parte del concierto, cuatro de ellas (Cuando no Estás, Bohemio, Rehenes y Dentro de una Canción) interpretadas de forma consecutiva y bien arropadas previa y posteriormente por éxitos incontestables como Crímenes perfectos y Loco, que ayudaron a mantener la tensión. Y, tras la quinta (Plástico fino), desconcierto: dio comienzo una insulsa jam que si bien el argentino ha calificado de “especial, muy funky, muy buena” en la crónica que él mismo ha escrito del concierto en su página web, dejó a los asistentes mirándose entre ellos. Mucho tino hay que tener para jugársela con una improvisación funk a mitad de un concierto, un recurso del que suelen disfrutar los intérpretes pero en el que no siempre es fácil implicar al público. Apostó y perdió en esta ocasión Calamaro.

Y a partir de aquí, karaoke. Tras presentar a los miembros de la banda, Calamaro enfiló la recta final sin riesgos: no sería de recibo enfadar a quien ha pagado casi cuarenta euros por ir a verte. Me arde, El salmón, Estadio azteca, Sin documentos… y antes de irse por primera vez, los consabidos Flaca y Paloma. 

Alta suciedad sonó para abrir el bis y Mis amigos para cerrarlo, ese himno rockero dedicado a los compañeros que ya se fueron y en el que la pantalla se empleó para proyectar las imágenes de, entre muchos otros, Guillermo Martín, Enrique Urquijo, Julián Infante y Miguel Abuelo. Momento emotivo de la noche.

 

Dos horas de concierto correcto, rockero, fácilmente disfrutable y, seguramente, el mejor posible ahora que ya es demasiado tarde para escucharle cantar Mil horas o Clonazepan y circo en algún lugar oscuro.

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