BUZZCOCKS

El punk se ha hecho mayor

El punk, qué duda cabe, ya no es lo que era. Al menos, desde luego, el que ofrecen los Buzzcocks. O tal vez somos nosotros. Más acomodados, más perezosos. Resignados al fracaso, uno tras otro, de todos los movimientos contraculturales que se han ido y se van poniendo sobre la mesa. O puede que sean las dos cosas. Nada que reprochar(nos) a estas alturas. Los de Bolton hicieron su trabajo, y lo hicieron bien. Sin agresividad, sin urgencia, sin ganas de escupirle a la cara al sistema y a todo el que se ponga por delante, es cierto, pero con grandes canciones, que es lo que queda después de cuarenta años de batalla en los escenarios. Y así está bien. Supongo.

Con unos minutos de retraso salieron al escenario y encadenaron casi sin pausa hasta veintidós temas que, no podría ser de otra manera, incluyeron las referencias obligadas (Ever fallen in love, Orgasm adict o What do I get?), pero también seis canciones de su último disco, The Way, publicado en 2014. Un repaso, pues, a toda su carrera que fue apto para todos los públicos y entre el que era fácil encontrar desde punkis de la primera ola hasta yuppies de la última.

Un lleno casi absoluto en la sala But y el ligero e intermitente pogo de las primeras filas animaron una noche en la que Steve Diggle intentó ponerle un poco de garra y Pete Shelley se dedicó a cumplir con el contrato. Respecto a la música, ya digo, nada que reprochar. La fórmula es sencilla: distorsión, batería y a por ellos. Con estos ingredientes, quizás los Buzzcocks sean los mejores cocineros. Autores de unas canciones que, partiendo de estas premisas, no renunciaron a otras influencias y, seguramente por eso, han resistido mejor el paso del tiempo que cualquier otro grupo de su estilo y generación.

Tras un primer y único parón, los ingleses volvieron a subirse al escenario para añadir tres canciones más a un repertorio que, con todo, se hizo corto, demasiado corto y nos dejó a muchos con ganas de más. Pese a la insistencia del público, allí acabó todo, hora y veinte después de haber empezado, y solo Diggle permaneció en el escenario, saludando a todo el que quiso acercase a estrecharle la mano y quién sabe si a brindar por tiempos mejores. Puede que el punk no haya muerto, pero se ha hecho mayor, y lo bonito siempre fue su síndrome de Peter Pan.

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