RICH ROBINSON

El elegante vuelo del cuervo en solitario

De vez en cuando, algunos grandes artistas deciden darse un capricho y ofrecer a sus fieles una serie de conciertos diferentes, íntimos y despojados de toda la parafernalia que conllevan las grandes giras (algo que, si además han de cruzar el charco, supone un considerable ahorro al no tener que trasladar toda la formidable maquinaria que les acompaña – amén del numeroso equipo humano que tamaña empresa requiere para su puesta en marcha). La consecuencia es que los músicos se permiten viajar más relajados y libres de presiones, y sus seguidores tienen la oportunidad de disfrutar de los artistas en la cercanía, cara a cara, cruzando las miradas sin apenas barreras de por medio, así que todos contentos.

Rich Robinson (7)Y así es como tuvimos el placer y el honor de ver esta vez a Rich Robinson, guitarrista, compositor y fundador de (junto a su hermano Chris) de los fabulosos The Black Crowes, una de las bandas imprescindibles de las últimas décadas. Con los cuervos actualmente en desbandada, Rich se centra ahora en su carrera en solitario – emprendida en paralelo a su grupo de siempre hace ya más de diez años – donde da salida a inquietudes y canciones que en los Crowes eran más difíciles de encajar.

Normalmente se acompaña de una fantástica banda de apoyo pero, como decimos, en esta ocasión ha preferido venir solo con unas cuantas guitarras acústicas para dar nueva vida a una variada y variable selección de canciones escogidas en función de este sucinto formato por locales de pequeño aforo, al calor de los seguidores más fieles, quien a su vez celebran con entusiasmo poder tener a pocos metros, casi al alcance de la mano, a una figura que habitualmente sería mucho menos accesible.

Sonriente y distendido, Rich fue desgranando temas de sus discos solo, desde los más antiguos de su debut, “Paper” (2004), hasta los del más reciente,“The Ceaseless Sight” (2014), intercalando unas cuantas versiones como homenaje a viejos maestros de los que ha ido aprendiendo. Y por supuesto, también hubo algún recuerdo de su banda de toda la vida, pero sin recurrir a lo más obvio, que hubiese sido recuperar los grandes éxitos de los cuervos, más bien sorprendiendo con temas menos previsibles como la hermosa “Oh Josephine”.

La velada fue transcurriendo plácidamente – con la salvedad del pequeño incidente con su técnico de guitarras, que se quedó encerrado unos minutos en un cuarto lateral del escenario que usaba como base de operaciones, hasta que fue rescatado por una oportuna llave. Dicho sea de paso, el tipo se ganó el sueldo sobradamente entrando y saliendo metódicamente con la guitarra precisa puesta a punto para cada canción. El sonido, impecable (como es costumbre en Moby Dick), tanto el de las cuerdas como el de la voz de Rich, una voz que si bien no es tan personal y reconocible como la de su hermano Chris tiene la suficiente calidez y naturalidad – y una potencia considerable, como demostró en varios temas.

Después de una hora y media que se hizo corta (señal de lo atrapados que estábamos por el talento de Rich, un magnífico guitarrista que tal vez no haya sido nunca valorado como realmente merece, y que demostró tener recursos sobrados para defenderse solo sobre un escenario) se anunciaba el final del concierto. Para evitar el manido gesto de marcharse y volver en unos minutos, Rich avisó que directamente haría un par de temas más para dar por finalizado el recital. Agradecido y contento, nos dijo adiós y desapareció. La concurrencia respetó su decisión y apenas hubo intención de reclamar otra vez su presencia – aunque unos cuantos seguro que se marcharon resignados y con ganas de un poco más, tal vez barajando en la memoria esos viejos éxitos que no llegaron a sonar…

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