BLACK MOUNTAIN – IV

Dosis de psicodelia setentera

Completamente desmarcados del starsystem de la música pop, los canadienses Black Mountain proyectan desde Vancouver su cuarto álbum, tras casi seis años de silencio, buceando de nuevo en su rock psicodélico muy en el plan de los Pink Floyd de los primeros discos, con una decena de temas muy trabajados, mucho más que los de su anterior trabajo, Wilderness heart de 2010, con un resultado mucho más próximo a In the future de 2008, que sigue (y seguirá, parece) siendo su gran aportación.

En este disco, la voz de Amber Webber tiene mucho más protagonismo, desde los temas más lentos como Line them all up hasta los más rockeros como Florian saucer attack, casi acercándose al pop de radiofórmula, con una repetitiva línea de bajo de Arjan Miranda.

Por todas partes hay sobrecarga de teclados a lo Richard Wright, de la mano (las manos) de Jeremy Schmidt, y las machaconas guitarras (y voces) de Stephen McBean molan como en el citado disco de 2008, de vuelta a un estilo lúgubre pero no tanto, con temas muy brillantes en torno a los cuatro minutos como Defector (ese solo de sinte es igualito que el de Welcome to the machine), Cemetery breeding o Crucify me, y otros más de corte floydiano, que se van a los ocho o nueve minutos, como Mothers of the sun, Space to Bakersfield y (Over and over) the chain. A destacar el trabajo de Joshua Wells en la batería, como siempre queda claro que si la batería no suena bien, nada lo hace. Es un discazo.

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