STRYPER – Fallen

Todos juntos de la mano hacia el señor

Nada puede sorprender más al que suscribe que le caiga en las manos un disco de novedad de una banda como Stryper. Madre del amor hermoso, la modernidad era otra cosa.

Haciendo retrospectiva personal, me doy cuenta de que en su día (i.e. hace casi treinta años, ¡treinta!) escuché a medida que iban saliendo los primeros cuatro álbumes de esta insigne panda de fanáticos, obteniendo las siguientes conclusiones: primera, desde The yellow and black attack (1984) hasta In god we trust (1988) todos y cada uno de ellos me parecieron infumables, jevi de peluquería del más flojo y para colmo, un tío gritón pidiéndome a bocinazos que me arrodille en la iglesia, y con unos títulos infumables (Al infierno con el demonio? No me jodas, hombre); segunda, esos trajes amarillos y negros a rayas eran lo peor de lo peor; y tercera, last but not least, sólo te podía gustar algo así si tienes algún problema de percepción auditiva o algo, mira que había bandas mejores entonces, y ahora también, no fastidies, y, sobre todo si no tenías ni puta idea de inglés, porque el mensaje de los perlas estos se las trae. Stryper es, ha sido y será el colmo de la rancidez. Antes prefiero escuchar a Raphael.

El disco este, musicalmente puede tener algo medio salvable si concretamos en Pride, After forever y Love like I do, sobre todo si: primero, obvias completamente lo que estos tíos te cuentan, que apesta; segundo, si intentas pasar de que esta banda sigue anclada en el sonido más cutre del heavy metal de la segunda década de los ochenta (que fue la peor que se recuerda, te recuerdo). Con todo, se ha de decir que aunque las composiciones sean pobres, la banda toca bien, con la formación inicial aún. A título anecdótico, cabe añadir para acabarlo de adobar que el guitarrista Oz Fox se puso de nombre Oz porque cuando era cantante en los primeros ochenta lo hacía como SU ÍDOLO OZZY OSBOURNE, insigne satánico él. Vaya tela. Vaya tela.

Vamos, que no pienso ir a la iglesia por mucho que grite el sr. Michael Sweet, el rock cristiano me parece una peste negra del mismo calibre que el cristianismo en sí (y que el resto de credos, de paso), y me parece una vergüenza que con la que está cayendo por culpa de las malditas religiones y de la mierda de gente que las sigue, persigue y aplica con fanatismo, aún haya gente que les haga propaganda y proselitismo. Ser bueno es otra cosa, señores. Lástima de meningitis a tiempo, DEMONIOS. Para mí que el triunfo de Satán ha sido que tengamos que escuchar a gente de esta.

Si después de esta retahíla aún quieres escuchar rock cristiano, deja de lado esta banda y cómprate Testimony de Neal Morse, al menos ese disco es bueno (mucho, por cierto). Al infierno.

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