BEN HARPER & THE INNOCENT CRIMINALS

Real Jardín Botánico de Alfonso XIII, Madrid 25 Julio 2022
Texto y fotos: Javi G. Espinosa

Qué bueno es siempre reencontrarse con Ben Harper, y más si es en un lugar tan agradable como el Botánico. Volvía el artista californiano a Madrid, de nuevo con sus Innocent Criminals, tres años después y en el mismo sitio que en su última visita. Entre medias quedaron la cancelación de su concierto en solitario anunciado para el año pasado, y sobre todo la pérdida del carismático bajista Juan Nelson, tan querido y tan añorado. Recuerdos tristes, pero el espectáculo debe continuar, y aquí estaban de vuelta Ben y sus músicos para hacernos olvidar tantos sinsabores.

Abrieron la velada la joven banda local Animales, con una agradable propuesta de pop sin grandilocuencias, canciones sencillas que no inventan nada pero que nos amenizaron el final de la tarde, poniendo una bonita banda sonora a la caída del sol. Se despidieron emocionados y agradecidos de volver a las Noches del Botánico (ya estuvieron en 2018 dentro de la programación de artistas emergentes), y alucinando porque esta vez había sido en el escenario grande, y abriendo para alguien del nivel de Ben Harper.

Por megafonía anunciaban que en media hora empezaría la actuación principal, tiempo suficiente para que quienes ya estábamos dentro pudiésemos tomar algo mientras, y para que quienes estaban aún entrando fueran llenando un recinto que para las 10 de la noche iba estando prácticamente completo, sobre todo las gradas y la zona central de la pista, donde ya costaba encontrar un sitio cerca del escenario.

Y salieron Ben y sus músicos a la palestra, alineándose en el frente de la escena delante de los micros para arrancar el concierto a capella, con ese “Below Sea Level” que abre su último álbum, publicado hace escasos días. Tras tan solemne comienzo, cada cual se fue colocando en su puesto y preparando su instrumento para atacar el clásico “Burn One Down”, una de las canciones que no suele faltar en su repertorio desde los ya muy lejanos años 90, donde la percusión de Leon Mobley toma el protagonismo casi absoluto, junto con la voz de Ben.

Se iban sucediendo los temas, con hueco para algunas de las nuevas composiciones, pero con prevalencia de las ya conocidas, aunque ya se sabe cómo pueden cambiar en vivo estas canciones a voluntad de su autor, pasando del góspel al funk o al hard rock en cuestión de unos pocos compases. Como ese “Faded” larguísimo con una colosal exhibición de slide entre medias, o ese “Amen Omen” que comenzó en calma acústica y acabó en apoteosis eléctrica. De este hombre puedes esperar cualquier cosa a lo largo del concierto, y algunas te podrán sorprender, pero ninguna te va a decepcionar.

Y a pesar de lo variopinto del público (desde criaturas en sus cochecitos, protegidos del exceso de decibelios con sus cascos, hasta parejas ya jubiladas) es increíble la comunión que consigue Ben con toda la audiencia, logrando captar esa atención colectiva, en un silencio casi reverencial, apenas interrumpido por contadas personas que se iban viniendo arriba con la ingesta de cervezas y demás. [Precisamente, a mi izquierda tenía a uno de ellos que repetía a su compañero, en un tono cercano ya a lo molesto, que lo que hay que hacer es venir a escuchar las canciones, y estar pendientes de los artistas. Ironías de la vida. Menos mal que pronto acabó haciendo caso de su propio consejo…]

Cercano como siempre con su público, acercándose a las primeras filas desde el foso, incluso saltando de altavoz en altavoz, Ben hasta nos empezó a narrar la historia de una guitarra que al final ya no sabemos muy bien si consiguió en Madrid o en Barcelona, porque se hizo un pequeño lío mientras nos hacía el cuento (es lo que tienen las giras, con ese andar de ciudad en ciudad que llega a hacerte confundir unas con otras), algo que provocó la sonrisa y la simpatía de un auditorio ya rendido al señor Harper.

Resumiendo: un gran recital en el que pudimos disfrutar en grande con Ben y sus músicos, un concierto que a ratos te pedía cerrar los ojos para sentir la música nada más, para dejarte inundar por ese sonido hipnótico que te envuelve y te transporta. En definitiva, un concierto que no quieres que acabe, pero que si hubiese sido más corto hubiéramos disfrutado igual, porque no es cuántas canciones tocas o lo que duran, ni siquiera cuáles tocas, sino cómo las tocas, y lo que haces sentir a la gente con ellas.

Aquí dejamos un pequeño testimonio audiovisual con fragmentos de algunos temas:

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