CONVERSACIONES CON JOSE IGNACIO LAPIDO – Arancha Moreno

Un paseo apasionante por su trayectoria y su universo
Texto y fotos: Javi G. Espinosa

Siguiendo con la loable tarea de centrar sus esfuerzos editoriales en dar a conocer la carrera y el trabajo de artistas a los que los grandes medios no dedican el tiempo ni el espacio que merecerían, Efe Eme presenta una nueva referencia dentro de su colección Biblioteca Efe Eme que nos acerca a una de las figuras más interesantes del rock español desde hace cuatro décadas: Jose Ignacio Lapido.

Arancha Moreno se encarga de esta apasionante pero ingente tarea – 40 años de actividad dan para mucho de qué hablar, pero primero hay que dedicar mucho trabajo y tiempo a documentarse. Y lo hace siguiendo un poco la fórmula usada en sus anteriores obras sobre Iván Ferreiro y Coque Malla, estructurando el libro en breves capítulos a través de sus canciones, aunque el enfoque cambie y se centre esta vez exclusivamente en el testimonio del protagonista.

El prólogo que abre estas páginas lo escribe Quique González, con quien Lapido ha compartido canciones, confidencias, escenarios y hasta una gira (Soltad a los perros, en 2014). Quique habla desde la cercanía, el respeto y la admiración, glosando la figura del maestro, del amigo, del artista íntegro y honesto. La propia autora comienza contando el origen y la motivación de este libro, sus primeros encuentros con Lapido, y la gestación truncada de la obra (la pandemia y el confinamiento obligaron a posponer el inicio de las conversaciones, primero, y a retomarlas por videoconferencia, después). Y el músico granadino lucha con su memoria, buceando en sus recuerdos, y se muestra más pragmático que dramático con estos tiempos extraños en que vivimos, como lleva haciendo desde siempre con la vida en general. Se define a si mismo como un escéptico por precaución, que va de derrota en derrota hasta la victoria final.

Comenzando por su infancia rodeada de músicas y lecturas diversas y constantes, no es extraño que ambas se convirtieran en un estímulo para el joven Lapido, que acabaría reflejando y volcando todo ese caudal en sus inquietudes creativas juveniles. Esas ilusiones le llevan a montar sus primeras bandas, ensayando incansables en oscuras cuevas ignotas, rodeados de cabras y otras peculiares compañías. El primer intento realmente serio de hacerse un hueco vendría con Al-Dar, con los que ya graba un EP y en los que se encuentra ya el germen de lo que será 091. A partir de ahí, toda una sucesión de discos, giras, encuentros y desencuentros que al cabo de quince años llegaría a su fin, con la sensación de que ya no tenía sentido seguir por ese camino.

Tras el vértigo de la separación Lapido decide continuar en solitario, lo que le lleva a implicarse de forma integral en la gestión de su propio destino artístico, a la vez que desarrolla su vena lírica en paralelo como guionista de televisión y columnista en la prensa local. Evoluciones necesarias que la vida le ha ido poniendo delante y el ha ido aprovechando. Y finalmente, la ansiada reunión de 091, negada una y otra vez por el propio Lapido durante 20 años pero que al fin se hizo realidad, y con tal repercusión que incluso les ha llevado a componer y grabar nuevo material, compaginando esa resurrección con su carrera solista. 

Un completo y esclarecedor recorrido por la vida y milagros de este artista, ahondando en sus influencias y sus circunstancias, y sobre todo en esas canciones que sustentan su imaginario. Escenas cotidianas, paisajes humanos, estampas costumbristas de gran fuerza visual que a menudo no son fáciles de interpretar, entrando en el mundo de lo inconsciente y lo surreal. Lapido se ha convertido en un domador de imágenes que ha ido destilando y depurando un lenguaje propio, y sería un chiste demasiado fácil decir que sus frases son lapidarias, pero es que a veces un verso suyo condensa todo un sentir, incluso una vida entera.

Tal vez Lapido sea un poco, como dice Quique en el prólogo, una mezcla entre personaje de western crepuscular, boxeador ilustrado y viejo bluesman sabio, acostumbrado a encajar los golpes de la vida con estoicismo y a aprender de ello. O simplemente, como dice en el epílogo Raúl Bernal (su teclista desde hace ya varios lustros), un buen hombre, honesto y generoso, que ha recogido la herencia de Kafka y de Cohen, de Rimbaud y de Dylan, de Lorca y Bo Diddley, haciendo canciones que siendo aparentemente sencillas y cotidianas son a la vez universales y atemporales, que seguramente son las más difíciles de hacer.

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