BEAT

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Mantener un legado y seguir sobreviviendo
Noches del Botánico, Madrid 26 junio 2026
Texto: Javier Muñoz
Fotos: Vega Halen (Noches del Botánico)

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Hay conciertos que empiezan con una impresión y terminan con otra completamente distinta. Especialmente si se divide en dos partes claramente diferenciadas, en esta ocasión con casi 30 minutos de interludio. Lo de BEAT en las Noches del Botánico fue una de esas ocasiones en las que el viaje, el recorrido, es mucho más importante que el origen y el destino. Durante los primeros minutos, la sensación fue algo incómoda, especialmente por la voz Adrian Belew y un sonido que se asemejaba más bien al de a una prueba que al de un recital. Al cantante se le veía luchar contra la inclemencia, buscando un registro en el que sentirse cómodo. Mientras tanto, el público, consciente de que algo no iba bien, respondía con una mezcla de respeto, preocupación y paciencia.

Antes incluso de que sonaran los primeros acordes había algo que me llamó la atención. Bastaba con echar un vistazo alrededor para comprobar que el público era mayoritariamente masculino, de una generación que creció descubriendo los discos “Discipline”, “Beat” o “Three of a Perfect Pair” en las fechas en que aparecieron: 1981, 1982 y 1984 respectivamente. No deja de resultar curioso que una música de apariencia tan abierta, arriesgada y poco dada a las etiquetas siga reuniendo, cuarenta años después, a un público que en ocasiones parece aferrarse a ciertos códigos del rock más tradicionales. Ni que haya ciertos modernos que denosten o ni si quiera presten atención a todo lo que venga del rock progresivo. Por suerte, sobre el escenario me pareció que sucedía exactamente lo contrario. Allí todo invitaba a derribar fronteras.

Si algo define la música del King Crimson de los ochenta es precisamente su negativa a acomodarse. Aquellos discos rompían moldes entonces y siguen haciéndolo ahora. No apelan a la nostalgia fácil. Exigen atención. Obligan a escuchar. Y quizá por eso este proyecto nunca ha parecido una reunión oportunista. Más bien una reivindicación de un repertorio que rara vez ha recibido el reconocimiento popular que merece. Más cerca a veces de unos Roxy Music o los Talking Heads, que de las primeras etapas de los King Crimson.

Conviene detenerse un momento en esto. El rock progresivo nunca buscó ser un género fácil. Nacido a finales de la década de 1960, sustituyó la inmediatez del estribillo por la ambición de explorar nuevos territorios: estructuras largas, cambios constantes de ritmo, influencias del jazz y la música clásica, improvisación y una voluntad casi obsesiva de desafiar los límites de la canción de rock para crear algo nuevo. Para algunos resulta exigente; para quienes se dejan llevar, ofrece una recompensa difícil de encontrar en otros estilos. King Crimson fueron los abanderados y, dentro de una carrera marcada por la reinvención permanente, la trilogía formada por Discipline, Beat y Three of a Perfect Pair lleva ese espíritu hacia un lenguaje donde la complejidad convivía con el funk, la new wave y una sorprendente capacidad para seguir sonando novedosa.

A los dos miembros originales de la formación se han juntado en Beat el guitarrista Steve Vai y el batería de Tool Danny Carey. Durante buena parte del primer tramo, Steve Vai sostuvo buena parte del peso emocional del concierto. No necesitó recurrir al virtuosismo exhibicionista que tantas veces se le atribuye, algo que sí ocurrió en la segunda parte. Todo lo contrario. Su mayor mérito fue entender que aquella noche no se trataba de demostrar quién es Steve Vai, sino de servir a unas composiciones construidas desde el equilibrio colectivo para la trilogía discográfica. Su guitarra aparecía donde debía aparecer, con una elegancia admirable, respetando el espíritu de Robert Fripp, que aunque no está presente en este supergrupo, sugirió el nombre de la formación.

Tony Levin juega ya en otra categoría. Verle sobre un escenario sigue produciendo la misma sensación que contemplar a alguien que no necesita demostrar nada. Cada nota parece colocada exactamente donde tiene que estar. Su llamativo Chapman Stick continúa sonando como un instrumento llegado de otro planeta, y verlo en diálogo con los ritmos de Danny Carey era uno de esos pequeños regalos que justifican por sí solos la entrada.

Resulta inevitable pensar en Tool cuando uno le ve tocar, pero basta un par de canciones para entender que aquí también juega a otra cosa. Su batería no busca imponerse; construye espacios, sostiene estructuras imposibles y convierte ritmos aparentemente inestables en algo completamente natural. Es uno de esos músicos capaces de hacer que lo extraordinario parezca sencillo. Y todo al servicio del repertorio de los Crimson.

Cuando la voz del cantante estuve en su sitio, el recital pasó directamente a otra esfera. No hubo un instante concreto en el que todo hiciera clic. Fue un proceso casi imperceptible. Una canción sonaba un poco mejor que la anterior. La siguiente, mejor aún. Hasta que, de repente, la preocupación por lo que estaba por llegar había desaparecido y solo quedaba la música.

Entonces dejé de analizar lo que estaba ocurriendo y me dediqué al puro disfrute. Las canciones empezaron a respirar con toda la libertad con la que fueron concebidas hace más de cuatro décadas. El sonido era claro, lleno de matices, como en los discos. El público respondió, consciente de que estaba asistiendo a una pequeña victoria. Los gestos hablan por sí solos. Hubo vulnerabilidad. Hubo riesgo. Hubo momentos incómodos. Pero también mucha emoción. La clase de emoción que solo aparece cuando existe la posibilidad real de que las cosas salgan mal.

Al terminar, los aplausos no celebraban únicamente el repertorio de una de las etapas más fascinantes de King Crimson. Celebraban la honestidad de cuatro músicos que, lejos de esconder sus limitaciones circunstanciales, las atravesaron delante de miles de personas hasta fundirse con la noche. Los conciertos de las Noches del Botánico tienen ese sello mágico: empiezan con la luz del día, a veces hasta con sol. Para terminar en la oscuridad de la noche.

Salí del Botánico pensando menos en la perfección técnica y más en la resistencia. En cómo una velada que parecía condenada a quedarse a medio camino acabó transformándose en una celebración de todo aquello que hace grande a la música en directo: la incertidumbre, la complicidad y la capacidad de emocionar precisamente porque nada está garantizado.

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