Fontaines D.C. - @pauulamglez 13

Wizink Center, Madrid

22/10/2026

Texto: Álex García

Fotos: Paula Martín | Mercury Wheels @ Live Nation España 

 

Hay una pregunta que muchos nos hacemos en estos tiempos de algoritmos y macrorecintos: ¿cómo demonios una banda nacida en el fango y la urgencia del post-punk dublinés ha terminado conquistando pabellones de la escala del Movistar Arena? Anoche, 22 de octubre de 2026, pisamos el antiguo Palacio de los Deportes con esa mezcla de curiosidad y escepticismo que nos gasta la edad. Los tiempos cambian, las guitarras se enfundan en sintetizadores y las promesas del underground se convierten en tótems generacionales. Pero vamos a dejar las cosas claras desde el principio: cuando una formación tiene canciones de sobra, las etiquetas se caen por su propio peso.

 

La evolución de Fontaines D.C. es un caso de estudio en la música contemporánea. Han decidido no quedarse anclados en el cascarón de sus primeros discos, aquellos que olían a humedad y callejón sin salida. Con la ayuda en la producción de un arquitecto sonoro de la talla de James Ford, la banda ha sabido mutar hacia una suerte de new wave de vocación cinematográfica y texturas oscuras que evoca tanto a los mejores Depeche Mode como a la elegancia decadente de Echo & The Bunnymen. Su más reciente obra, esa atmósfera de paranoia contenida que respira Dopamine Chamber, demuestra que su paleta sonora es hoy infinitamente más rica y compleja.

 

 

A las nueve de la noche, con el recinto presentándose con un aspecto imponente aunque sin colgar el cartel de «no hay entradas» absoluto, los irlandeses saltaron a las tablas. La inclusión de esa pasarela central permitía a Grian Chatten patrullar el escenario como un alma en pena, con esa voz de barítono rasgada que actúa como el hilo conductor perfecto para un viaje a medio camino entre la euforia y el tormento. Arrancaron con el pulso tenso de “Tongue” y “Here’s the Thing”, desplegando un muro de sonido que oscilaba entre la densidad ambiental y la electricidad cruda de sus seis cuerdas.

 

El concierto funcionó como un ejercicio de equilibrios entre su nuevo universo estético y los himnos que ya forman parte del imaginario colectivo de toda una generación. La delicadeza sombría de “Marianne” y la profunda melancolía de “Where Is Gone?”, donde inevitablemente flotaba el eco de la ausencia de Rosalía en el plano vocal, transformando el tema en una suerte de vals espectral muy cercano a Scott Walker, y demostrando que su sensibilidad compositiva ha ganado muchos enteros. Sin embargo, cuando decidieron abrir las compuertas de la electricidad callejera con “Boys in the Better Land” o el desencanto descarnado de “Jackie Down the Line”, el público estalló en una comunión total.

 

 

 

Uno de los momentos álgidos de la noche llegó con “In the Modern World”, convertida ya en  pieza catedralicia, un recordatorio de por qué este grupo opera en una liga completamente diferente a la de sus coetáneos. Su desarrollo instrumental y esa capacidad para amalgamar tensión y belleza dejó en silencio a un pabellón entregado. Y es cierto que, puestos a ponernos finos, a veces se echa de menos algo más de calidez en el trato con el respetable. Grian es un líder magnético sobre el papel, pero en ocasiones deambula por el escenario con una distancia casi clínica, arropado por una maquinaria tan perfecta que por momentos roza la frialdad industrial, sin discursos ni grandes aspavientos.

 

A ello hay que sumarle los tics de la industria actual, esos peajes corporativos como las zonas exclusivas de front stage o las restricciones absurdas que la maquinaria de los grandes directos intenta imponer a la prensa y a los fotógrafos, olvidando de dónde vienen. Pero, amigos, cuando el repertorio toma el mando y las canciones tienen semejante pegada, la realidad del foso se desvanece.

 

El tramo final fue un auténtico rodillo. El bloque de bises comenzó con el desgarro contenido de “Japan” y el himno generacional que es “I Love You”, perteneciente a su imprescindible Skinty Fia. Pero faltaba el golpe definitivo. Con “Starburster”, la histeria colectiva se apoderó de la pista, convirtiendo el recinto en una olla a presión donde todo estalló por los aires. Y para cerrar la jugada de forma arriesgada pero impecable, apostaron por “Six Shot Morning”, la pieza que abre su último disco, prolongando esa sensación de amenaza sónica ante la que nadie pudo resistirse.

 

Fontaines D.C. arrasaron Madrid demostrando que su transición a grandes recintos no es fruto del marketing, sino de una discografía mastodóntica. Salimos a la fría noche madrileña con la certeza de que, gusten más o menos los giros de guion, los irlandeses mandan en el rock del siglo XXI.

 

Puedes consultar aquí el set list completo.