JEFF GOLDBLUM
Decir adiós es morir un poco
Noches del Botánico, Madrid 26 junio 2026
Texto: Javier Muñoz
Hay noches que son un suspiro al viento. Y veces en las que la mezcla de nostalgia, recuerdos, cine y jazz nos llevan a transitar espacios más comunes de lo que nos gustaría. Son esos recuerdos que, una vez rememorados, nos resulta complicado desprendernos de ese aire cercano y no considerarlos personajes de nuestra propia familia. Son veces en las que es mejor pararse, sentarse y dejarse llevar. Especialmente si volvemos de una jornada agitada, con el tiempo pisándonos los talones pero aún con algo de fuelle para llegar pitando al Jardín Botánico de la Complutense para una noche más.
Muy alto había puesto el listón las dos jornadas anteriores el León de Belfast con dos épicos shows para el recuerdo; así que estaba bien transformar el escenario un poco. En esta ocasión, viajaría a algún lugar de la mente en la década, por ejemplo, de 1940. A la atmósfera de la película “Marty Supreme” (Joshua Safdie, 2025). O quizá algo más atrás. El concierto, esta vez, lo veríamos sentados. La platea, bastante llena y en un silencio absoluto y sobrecogedor, dejaba poco espacio a la improvisación, algo que sí ocurriría sobre las tablas. En las gradas se vivió algo distinto: gente sentada, quizá dispersa, pero totalmente entregada a la causa.
Jeff Goldblum –lo recordarán por alguna de las casi 150 producciones audiovisuales en las que ha participado como actor, especialmente en “La mosca” (David Cronenberg, 1986), “Jurassic Park” (Steven Spielberg, 1993) o “Independence Day” (Roland Emmerich. 1996)- estaba al frente de un gran piano de cola negro. Además llegó pertrechado por músicos con guitarra, contrabajo, batería, dos vientos y un teclista responsable de un órgano Hammond. La cosa iba de clásicos.

Yo me visualizaba en aquella otra época, haciendo negocios, viajando por un mundo pasado y disfrutando de los conciertos en los bares, cafeterías o lobbys de un hotel de Nueva York o de La Habana, después de una larga jornada laboral -eso del trabajo no cambia: es anterior, presente y también ulterior-, tal vez perseguido por algún antiguo cliente, ex socio o rival desconocido. Los golpes del contrabajo y la pulsión de las teclas del propio Goldblum, acompañado por “The Mildred Snitzer Orchestra”, iban mostrando una ristra de estándares del jazz y la gran música estadounidense de todos los tiempos: desde “Grease Patrol” (del nonagenario saxofonistas de Luisiana Plas Johnson) a “Let’s Face the Music and Dance” (el clásico de Broadway de Irving). Hubo momentos para la rabiosa actualidad con el “Lover” de Taylor Swift, justo cuando la cantante superestrella estaba, como aquel que dice, “al pie del altar”. Congratulations, Taylor.
Después volvimos al music hall con la presentación de Khalia Johnson, y su evocadora voz nos trasladó al “If I Only Had a Brain” de Mago de Oz. Goldblum jugaba con nosotros, nos pedía que adivináramos qué canción iba a sonar, proporcionándonos alguna pista: “es un tema que se hizo famoso en una película musical de 1939”, “sonaba mucho por aquella época en Broadway” o “la cantó tal o cual intérprete”…el púbico adivinaba. Y el amigo Jeff demostraba sobre el escenario que es un hombre del entretenimiento y del espectáculo que vive entre bambalinas.
Tras la canción de Harold Arlen, llegaron “The Cat” y el homenaje a “Misión imposible” del compositor argentino Lalo Schifrin; después tendríamos que adivinar, con más indicios, la ciudad a la que el dúo de creadores Rodgers & Hart dedicaron una de sus célebres piezas: “Manhattan”.

Entre vapores y vahos saliendo de las alcantarillas de “El Padrino” en pleno julio y una mezcla entre ensoñaciones y ganas de más música llegamos a “The Kicker”, de Joe Henderson, a la que siguió “Bewitched, Bothered and Bewildered”, también de Rodgers & Hart. Estaba claro que Goldblum quería acercarse a los que estamos menos familiarizados con el jazz, loando también a los conocedores de la materia, entre ellos Fernando y David Trueba, con quienes tuvo un guiño y unas palabras de agradecimiento, y que también se encontraban en el recinto.
Volvimos a bajar a las melodías de a pie con la eurovisiva “Tattoo” de Loreen, que por momentos se confunde en mi mente con pasajes del “The winner takes it all” de Abba-. Vuelta a los clásicos con “Mean to Me” (Ben Bernie & His Orchestra) y de nuevo al mundo de Oz con el clásico popularizado por la Garland. Siempre está bien que suene “Over the Rainbow”, el inolvidable de Harold Arlen, en tiempos del orgullo.
Para no olvidar que el jazz viene de una mezcla de influencias, cerraron el repertorio “Misty” de Erroll Garner, “Every Time We Say Goodbye” de Cole Porter –escuchen y vean por favor la versión de Annie Lennox con imágenes de Derek Jarman- y después “Moanin”, de Sarah Vaughan.
Más que un concierto para el recuerdo fue un concierto para recordar. Mientras el actor de incursiones en el jazz preguntaba al respetable con cercanía y acento estadounidense algunas cuestiones como “¿qué tal?”, exclamaciones tipo “¡qué arte!” o el complicadísimo de pronunciar “gracias”; y cantaba algunas notas del “Bésame mucho”, yo me centraba, más que en el recuerdo, en recordar. Recordar que seguimos vivos, que cada canción es un ritual de celebración y que tras la despedida -Jeff Goldblum seguía sobre el escenario firmando vinilos y atendiendo a seguidores-, yo salía del Botánico un poco más viejo, un poco más muerto, pero más vivo que nunca. Y ya saben… “I can hear a lark somewhere”.