DREAM THEATER – Dream Theater

Un helicóptero en tu salón

Duodécimo álbum de estudio de los neoyorquinos Dream Theater, cima y meca del metal progresivo in secula seculorum. En lo que empieza a ser habitual, en el alarde de humildad que en un momento u otro asalta a las bandas americanas, la portada es negra y el título del álbum es el nombre de la banda. ¿Les suena, no? Estos (y los otros tampoco) no se percatan de que hacer un alarde de humildad es contradictorio en sí mismo: si alardeas no eres humilde. Bueno, va, os perdonamos, que la portada no es negra sino azul muy oscuro. Claro, claro, ya.

Si lo que pretendes al titular tu enésimo (con n diferente de 1) disco con el nombre del grupo es reivindicarte ante algo o alguien, la única explicación posible es que esto es un mensaje directo a la cara de Mike Portnoy: ahora Dream Theater es esto y tú estás fuera. Si no lo hicieron con el anterior disco (A dramatic turn of events, 2011), es porque no les debió parecer suficientemente bueno como para hacerse el chulo.

Abandonando un tanto la dinámica de componer temas largos, la tónica general de este disco es, en general, no sobrepasar los siete minutos, salvo en un caso. Así, la banda se aleja un poco de los cánones que siempre ha venido defendiendo, con la excepción de sus esporádicos giros hacia el heavy metal como en el caso de Systematic chaos de 2007.

Estamos ante ocho temas de entre dos minutos y medio y siete y medio en los que los siempre impecables Jordan Rudess (teclados) y John Myung (bajo) ceden casi todo el protagonismo a las guitarras de John Petrucci. Si a esto unimos la principal aportación real de la batería de Mike Mangini, que es una velocidad de vértigo, el resultado es un sonido muy duro, que aunque no se salga del espectro del rock progresivo, se inclina muchísimo hacia el metal: más ruido, más distorsión, más velocidad y unos ritmos y redobles que quitan el hipo.

En esta vorágine, James LaBrie parece tener la voz un poco mejor que en el anterior álbum, aunque la verdad es que el contenido del disco no le permite lucirse demasiado. A ver si es por eso que acaba de publicar un disco en solitario .

Abre el disco un sensacional preludio instrumental en tres partes titulado False awakening suite, al que sigue el primer single del disco, The enemy inside , muy muy heavy. A continuación la excelente The looking glass, no se puede sonar más a Rush, qué maravilla, y Enigma machine, la perla del disco, fenomenal tema instrumental de velocidad demoníaca: una composicío sólo al ancance de unos pocos.

Siguen dos temas bastante brillantes antes de llegar a lo más flojito del disco: The bigger picture, único tema por encima de los siete minutos (salvo el útlimo) con ese sonido marca de la casa, y Behind the veil, tema duro-duro donde los haya.

Lo más flojo está por venir: Surrender to reason, completamente prescindible, y el segundo single, Along for the ride , anodino medio tiempo donde ninguno de los cinco miembros de la banda se luce apenas, salvo quizás LaBrie.

Cierra el álbum una, esta vez sí, contundente suite de veintidós minutos en cinco partes, titulada Illumination theory, donde no falta ni un pasaje orquestal (aunque metido un poco con calzador), y de la que se puede resaltar la cuarta parte (The pursuit of truth), donde la banda entera, y sobre todo LaBrie, consiguen sonar como en los mejores momentos de The spirit carries on en Metropolis 2: scenes from a memory de 1999. Al menos, siguen siendo capaces de hacerlo, aunque el giro impuesto por la incorporación de Mangini le ha hecho perder delicadeza a la máquina.

El esmirriado bonus de esta entrega consiste en una versión instrumental del single The enemy inside, por lo demás obviable.

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