RESURRECTION FEST 2026

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20 AÑOS DE HERMANDAD

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Redacción y fotografías: Mari Carmen Tajuelo

Miércoles 1 de Julio: Celebramos el 20º Aniversario

Como cada año, Viveiro vuelve a convertirse en el epicentro de la mayor peregrinación metalera española. Esta localidad gallega, que habitualmente alberga a unos 15.000 vecinos, triplica su población en cuestión de días. La hospitalidad de sus habitantes sigue siendo intachable, transformando el pueblo en un hogar para los miles de fieles que acudimos a una cita muy especial: el 20º aniversario del Resurrection Fest.

El ambiente venía caldeado desde el año pasado con el anuncio en primicia de Iron Maiden como uno de los grandes cabezas de cartel en fecha única en el país. El hype era palpable en cada esquina, compartiendo el trono de las conversaciones de prensa y corrillos con Limp Bizkit. Ellos dos han sido, sin duda, los nombres que más ruido han generado en las previas de esta edición.

El festival arrancó un miércoles fresco, una tregua climatológica que se agradece enormemente en los festivales de verano; sobre todo tras venir de experiencias como la de Graspop (si leísteis mi crónica, sabréis de lo que hablo), donde el sol no da tregua. Empezar sin achicharrarse elimina muchos quebraderos de cabeza.

Mi jornada comenzó con Annisokay en el Main Stage. Es una banda que me fascina y que afortunadamente empieza a consolidarse en España cada vez más. Sus colaboraciones con bandas de la talla de Within Temptation demuestran su crecimiento. Temas como «H.A.T.E.», «Like a Parasite» o «STFU» sonaron brutales, aunque me dejó un sabor agridulce la respuesta de asistencia a primera hora. En España arrastramos un choque cultural frente a los festivales europeos: mientras que en citas como Graspop el público acude en masa desde la apertura para vivir el festival como un todo, aquí la tendencia general sigue siendo acudir principalmente a los cabezas de cartel. Abrir un festival en nuestro país suele significar tocar ante una fiel pero reducida fanbase, un obstáculo difícil para bandas emergentes que merecen mucha más visibilidad.

 

Después fue el turno de Man with a Mission. Su propuesta festiva, que fusiona electrónica y rock tras esas ya icónicas cabezas de husky, cumplió con su cometido de animar el ambiente. Musicalmente no llegaron a entusiasmarme, pero es innegable que a nivel de branding e identidad visual tienen el terreno más que ganado.

La tarde continuó alternando entre el Main y el Ritual Stage. En este trasiego llegó la gran sorpresa del día y, probablemente, el mayor descubrimiento de todo el festival para mí: los franceses TSS. Desconocía por completo su propuesta, pero me arrollaron con una puesta en escena imponente, un sonido pulido y unos temas que me volaron la cabeza. Es de esas bandas que te pican tanto el gusanillo que lo primero que haces al llegar a casa es buscar su discografía, de hecho ahora que estoy escribiendo esta crónica, los tengo de fondo.

Acto seguido aparecieron President. Esta formación ha irrumpido como una incógnita social envuelta en máscaras para, en menos de un año, posicionarse en los grandes festivales europeos. Los había visto hace apenas dos semanas en Graspop y mantengo mi opinión: es una banda de distancias cortas. Los espectáculos que fían todo su impacto a una estética visual moody y a un juego de luces minimalista (en su caso, capitaneado por su característica cruz de doble barra) se quedan muy simplones bajo la implacable luz del día. Aun así, defendieron un setlist que el público español coreó con ganas, demostrando que su fenómeno ha calado con fuerza aquí y dejando a los asistentes (in)satisfechos, ya que he escuchado opiniones variadas al respecto.

 

La sorpresa agradable de la tarde la dieron The Pretty Wild. No las conocía y, aunque visualmente la primera impresión me trajo reminiscencias de Butcher Babies, el proyecto me pareció mucho más interesante. A diferencia de las Butcher, cuya propuesta musical y estética no termina de convencerme, The Pretty Wild ofrece un producto mucho más equilibrado, musicalmente sólido y con un enfoque de la presencia femenina en el metal que encaja más con mis valores.

El punto álgido de la cultura de club y la energía festivalera llegó con The Browning. Si buscas fotos perfectas de la banda en el escenario, te equivocas de concierto; el verdadero espectáculo de The Browning está abajo, en la marea humana. Su fusión de metalcore, rave, techno y electrónica desató la locura colectiva. La banda se muestra sobria sobre las tablas porque sabe que su fuerza reside en canalizar la fiesta del público. Espectacular el trabajo que hicieron levantando el festival.

 

Para cerrar la tarde, A Day To Remember ofreció un show idéntico en formato y dinamismo al que presencié en Bélgica, incluyendo a los fans sobre el escenario. Sin embargo, la experiencia aquí fue muy superior. En Graspop el sol de cara arruinó parte del impacto; en Viveiro, arropados por una temperatura ideal, el concierto se disfrutó al máximo. Clásicos como «All My Friends» y la espectacular «Resentment» (mi favorita indiscutible) se intercalaron entre llamaradas de fuego en un concierto muy enérgico para compartir con amigos.

El broche de oro de la jornada lo pusieron Sabaton. Debo confesar que es una banda que llevo cruzándome años y que nunca ha terminado de entrar en mis listas de reproducción domésticas. Si suenan en Spotify los escucho, pero rara vez los busco por motu proprio. Ahora bien, verlos en directo este último año me ha hecho cambiar de perspectiva radicalmente. Su solvencia sobre las tablas es indiscutible: una producción visual mastodóntica, pirotecnia milimétrica, coros imponentes y una épica que te atrapa desde el primer segundo. Hacen disfrutar tanto a sus devotos como a los neófitos. Un arranque de festival soberbio, equilibrado entre la nostalgia, los nuevos descubrimientos y la calma de disfrutar la música sin la presión del foso de prensa.

 

Jueves 2 de Julio: La Cátedra de la Profesionalidad

El jueves se presentaba en mi agenda como una jornada más calmada, ideal para bajar las revoluciones físicas del día anterior, centrarme en capturar detalles fotográficos y disfrutar de las bandas con más tranquilidad.

Arranqué la tarde con Caskets. Tenía muchas ganas de verlos, pero quedó en evidencia que todavía necesitan rodaje en los escenarios españoles. Su propuesta de metal moderno y contundente suena impecable, pero el público local aún no domina su repertorio. Esto provocó el momento incómodo de la jornada cuando su vocalista cedió el micrófono al público en uno de sus clímax musicales y el resultado fue un silencio sepulcral. Ese efecto de «grillos de fondo» dolió un poco, pero el potencial de la banda está ahí. Si regresan en salas, recomiendo ir a verlos sin dudarlo.

De ahí me desplacé al Ritual para presenciar a Burning Witches, y qué grata sorpresa. Desconocía por completo su propuesta y quedé impactada por su arrolladora presencia. Ver formaciones compuestas íntegramente por mujeres sigue siendo una rareza en nuestros festivales, de hecho, esta edición el Main Stage firmó una preocupante cuota cero de representación femenina. Las suizas demostraron tener unas tablas descomunales, un sonido afilado y una voz soberbia. Aprovecho estas líneas para lanzar un ruego editorial a quien corresponda en las oficinas de contratación: necesitamos más bandas de mujeres en los escenarios principales. El talento está ahí, solo falta la voluntad de programarlo.

 

Jugar en casa siempre es una ventaja, y si no que se lo digan a Angelus Apatrida. Los de Albacete tienen en el Resurrection Fest su segunda residencia oficial. Su thrash metal es sinónimo de solvencia absoluta y ver la entrega incondicional de su fanbase, que no se mueve del foso ni aunque se caiga el cielo, es siempre un espectáculo. Además, como fotógrafa, ver a compañeros de la talla de Mike y Will trabajar codo con codo con ellos en producciones de este nivel es un auténtico orgullo.

El plato fuerte de la noche llegó con los incombustibles Iron Maiden. Hacía años que no los veía desde su concierto en Murcia y solo puedo rendirme ante la evidencia: son, con diferencia, la banda más profesional que ha pasado ante mi objetivo. Su gestión con los fotógrafos de prensa en los tres primeros temas es una clase magistral de cómo tratar a los medios: buscan la cámara, te regalan la mirada, sonríen y facilitan dinámicas que agilizan el flujo de trabajo. Todo ello precedido por un briefing de seguridad impecable de su propio equipo técnico detallando las entradas de Eddie y los encuadres permitidos. Muchas bandas de estatus inferior deberían tomar nota de este nivel de respeto y organización.

 

Musicalmente, Maiden convirtió Viveiro en un hervidero histórico. Familias enteras se agolparon en la jornada que más ha llenado el recinto en esta edición. Desplegaron su clásico formato teatralizado, renunciando a las pantallas LED de última generación en favor de cambios continuos de telones, escenografías físicas y juegos dramáticos que hoy en día solo se ven en leyendas de su misma estirpe, como Alice Cooper. Aunque ya no estén en mi lista de reproducción diaria, verlos defender su legado con esa energía incombustible es una experiencia obligatoria.

Para cerrar mi jornada acudí a Caliban. Tenía un gran recuerdo de ellos, y aunque musicalmente dieron un concierto notable plagado de clásicos que desataron pogos monumentales en el mosh pit, la experiencia quedó ensombrecida por el escenario. El Ritual Stage volvió a demostrar sus carencias estructurales: su tamaño reducido, una iluminación deficiente y el sol incidiendo de cara durante gran parte de la tarde terminan por deslucir y empequeñecer propuestas artísticas que en otras condiciones brillarían con luz propia. Con el cansancio acumulado y la necesidad de reservar fuerzas para los días grandes, decidí emprender la retirada temprana.

 

Viernes 3 de Julio: Entre Decepciones Pop e Historias para el Recuerdo

El viernes comenzó con la mayor decepción de lo que va de festival. Seré directa y poco políticamente correcta: lo de The Rasmus rozó el despropósito. Quizá la nostalgia de la infancia y el impacto magnético de «In the Shadows» me hizo idealizar a una banda que hoy en día se sostiene exclusivamente sobre las rentas de un único éxito masivo. Lo que presenciamos en el Main Stage pareció más una actuación de orquesta de pueblo que un show de nivel internacional. Sin producción visual, sin maquillaje coherente y con una vestimenta descuidada que parecía recién sacada de una sesión de gimnasio, el concierto careció de alma. Venir de presenciar los directos de Iron Maiden, Trivium o Sabaton y encontrarte con semejante desgana resulta insostenible. Lo único salvable fue el sonido, algo previsible dadas las magníficas condiciones del equipo técnico del festival. Una de las canciones más caras de la historia del pop-rock para un concierto perfectamente prescindible.

Afortunadamente, el mal sabor de boca se disipó rápido gracias a Okkulist. Seguía la pista de Beatriz, su vocalista, a través de redes sociales debido a su faceta como fotógrafa, pero desconocía el potencial de su banda en directo. Qué barbaridad de concierto. Con una imagen estética coherente, un juego coreográfico salvaje con el cabello y una presencia escénica contundente, demostraron que con recursos limitados (apenas un telón de fondo tradicional) se puede ofrecer un espectáculo visual y musical de primer nivel. Un absoluto acierto.

 

El testigo del Main Stage lo recogió Bleed From Within. La banda escocesa mantiene una relación idílica con el público del Resu desde su paso en la postpandemia, y se encargaron de verbalizar lo mucho que disfrutan tocando en Galicia. Su concierto fue una de las grandes joyas del festival. Apoyados en una pantalla LED dinámica que aportaba la atmósfera justa, dejaron todo el peso del concierto en su brutal pegada musical y en una entrega física encomiable. El setlist rozó la perfección, convirtiendo la pista en un hervidero constante de crowdsurfing y pogos salvajes. Para mí, uno de los directos más redondos de todo el fin de semana.

Durante el resto de la jornada intenté saldar una deuda pendiente: visitar el Chaos y, sobre todo, el Desert Stage. Este último escenario alberga propuestas de nicho interesantísimas que expanden las fronteras del metal tradicional. Sin embargo, su accesibilidad sigue siendo el gran talón de Aquiles del festival. Obliga a dar la vuelta completa al recinto cruzando zonas masificadas, lo que para quienes trabajamos con agendas apretadas entre el Main y el Ritual hace que cubrirlo sea logísticamente casi incompatible. Un atajo técnico o salvoconducto para prensa facilitaría enormemente la cobertura de estas bandas periféricas, aunque entiendo perfectamente las complejidades organizativas del terreno.

 

Pese a las dificultades, logré llegar para presenciar a Rosalie Cunningham, una recomendación de varios compañeros de foso. Su propuesta nos trasladó directamente a los años setenta: unas vibraciones que recordaban a una suerte de ABBA experimental mezclado con rock instrumental moderno y flautas traveseras. Aunque estilísticamente no encaja en mis preferencias personales, su coherencia estética e impecable presencia visual justificaron la travesía.

De vuelta al Main Stage llegó el momento de Trivium. Lo que hicieron Matt Heafy y los suyos se sitúa directamente en el olimpo de este aniversario. Firmaron un directo colosal, disputándole el primer puesto de la edición a los mismísimos Iron Maiden. Trivium es el ejemplo perfecto de una banda que ha sabido madurar orgánicamente: un setlist sin fisuras, una producción visual apabullante basada en fogonazos y pantallas integradas, y un carisma escénico que magnetiza a las masas. Podrás ser un instrumentista virtuoso en el estudio, pero si no sabes proyectar esa energía en un escenario de grandes dimensiones, tu impacto se limita; Trivium domina este arte a la perfección. Vivir su show desde el FOH fue una experiencia inmersiva de 100 sobre 100.

Por cuestiones horarias y lumínicas decidí sacrificar la actuación de Gaerea para documentar el ambiente del festival antes de la llegada de Limp Bizkit. Era la tercera vez que me enfrentaba a su directo tras haberlos visto hace quince días en Graspop. El nu metal nunca ha sido mi género de cabecera ni crecí con sus discos, pero nobleza obliga: el concierto de Viveiro ha sido el mejor que les he presenciado. Puede que esté conectando tarde con himnos como «Nookie» o «Break Stuff», o que mi yo de 16 años esté despertando con ganas de rebeldía, pero el show fue impecable.

 

Más allá del apartado musical, el concierto de Fred Durst y compañía dejó los dos grandes hitos humanos de este aniversario. El primero, un chico que celebraba sus 18 años en primera fila con un cartel fosforito y al que la banda subió al escenario para festejarlo en una comunión maravillosa. Una muestra clara de que hay oportunidades que se buscan con actitud. El segundo momento, y ya bautizado en redes como «el año de la pota de Limp Bizkit», lo protagonizó una joven portuguesa que, superada por los nervios de cantar junto a sus ídolos ante un festival abarrotado, terminó por vomitar en pleno directo. Lejos de amedrentarse, la chica demostró una valentía admirable y continuó defendiendo el tema. Ver a bandas legendarias interactuar de forma tan orgánica con las nuevas generaciones, creando recuerdos imperecederos y reinterpretando sus letras bajo los códigos culturales de la juventud actual, me parece el mejor síntoma de salud que puede mostrar un festival. Salí del concierto tarareando sus temas, algo insólito en mí.

La jornada del viernes concluyó en el plano nacional con Blaze of Trail. La logística les sonrió intercambiando horarios con Nevertel, permitiéndoles defender su brutal directo en horario nocturno tras el huracán de Limp Bizkit, una franja mucho más agradecida que el desierto de las cuatro de la tarde. El grupo dio un bolazo incontestable, aunque la producción de iluminación pareció jugar en su contra. De hecho, estoy segura de que le dio más de un quebradero de cabeza a mis compañeros Alex y Aitor, quienes se encargaron de cubrir el bolo y que, a pesar de las dificultades lumínicas, firmaron un trabajo soberbio. La labor del técnico de luces se debatió entre un estallido estroboscópico al borde del ataque epiléptico y una danza de tonos rojos sobre rojos cegadores combinados con oscuridad total durante las tres primeras canciones. Es una lástima que bandas nacionales, cuyos recursos son limitados y que dependen del material gráfico de prensa para su promoción y crecimiento en festivales, vean su imagen deslucida en el foso por decisiones técnicas tan desacertadas. Frontales limpios y buenas traseras son obligatorios en esos primeros temas.

 

Sábado 4 de Julio: El Cierre de un Aniversario Histórico

El sábado amaneció con el clásico cansancio acumulado tras cuatro intensas jornadas de música y kilómetros a las espaldas. A priori no se presentaba como mi día más fuerte a nivel de nombres, pero el festival se reservaba cartuchos interesantes.

Mi jornada comenzó tarde con Imminence en el Main Stage. Los que me conocen saben que me encantan y por los brutales contenidos visuales que creadoras como Maylen Chan generan en torno a ellos (aún sigo procesando su mítico reel del año pasado con Harald). Intentando aplicar la mayor objetividad posible desde mi perspectiva técnica, considero que el Main Stage a las seis de la tarde en pleno verano español juega en contra de la banda. Su propuesta musical es profundamente ambiental, oscura y densa; un concepto artístico que rinde de forma óptima en las distancias cortas y en la penumbra. Su ubicación ideal habría sido liderando el Chaos Stage. Entiendo que por caché, impacto y proyección comercial su sitio natural sea el escenario principal, pero la luz natural del verano gallego deslució por completo su atmósfera escénica. Además, da la sensación de que el fenómeno viral en torno a los movimientos con el arco de violín de su guitarrista, Harald, amenaza con eclipsar la solidez del bloque musical de la banda. A pesar de ello, el público disfrutó de un repertorio plagado de temazos.

A continuación presencié el concierto de P.O.D. Tras haberlos visto en una franja más tardía en Bélgica, su concierto en Viveiro discurrió de manera correcta, interpretando sus clásicos ante una audiencia entregada, aunque pasaron sin pena ni gloria por mis notas personales de esta edición.

 

Aproveché el lapso previo al cierre para documentar la verdadera vida del festival: pasear, cenar y disfrutar de la interacción con los asistentes. De camino al Main Stage pude ver de refilón la actuación de las chicas de Dogma en el Ritual Stage. El concierto dejó una de las anécdotas más simpáticas del fin de semana: debido a los ya habituales extravíos de equipaje de las aerolíneas en época estival, la banda tuvo que salir a escena vestida con camisetas de la Selección Española de Fútbol. Un despliegue de recursos y humor que, según me confirmaron varios compañeros de prensa, se tradujo en un concierto divertidísimo, enérgico y muy aplaudido por el público.

El punto final a mi cobertura lo puso Marilyn Manson, un nombre que jamás habría figurado en mi lista de prioridades, pero cuya relevancia histórica exigía una revisión profesional. Lamentablemente, su directo me dejó completamente fría. La experiencia se asemeja a aquel mítico anuncio de Antonio Resines: si a la propuesta le quitas la parafernalia visual, la taza moderna y el azúcar especial, lo que te queda es un café con leche plano y convencional. Para mi sorpresa, las mayores reacciones de entusiasmo de la masa coral no llegaron con su repertorio propio, sino con sus archiconocidas versiones ajenas, especialmente la de Depeche Mode. Visualmente el diseño de producción es innegable y potente, pero la ejecución de iluminación fue un auténtico castigo para los ojos de la prensa: potentes focos rojos empastados con contraluces azules que dificultaban enormemente cualquier captura limpia. Manson ofreció un concierto gélido, desconectado del público y con una alarmante falta de potencia vocal. Un cierre descafeinado para mi agenda personal que contrastó con el ascenso meteórico de las jornadas previas.

 

Conclusiones: Resurrectón Fest: Más que un Festival, un Hogar

Pese a un sábado con menos revoluciones, el balance global de este 20º aniversario del Resurrection Fest vuelve a saldarse con una nota sobresaliente. Sigue demostrando por qué es un festival de referencia: cómodo, accesible, con una infraestructura gastronómica y logística ejemplar que sabe exprimir al máximo las posibilidades físicas del recinto y de la propia localidad de Viveiro. Su cartel sigue ofreciendo un abanico diverso capaz de satisfacer a todas las sensibilidades del metal moderno y clásico.

Para concluir esta crónica, me gustaría rescatar y poner en valor un trabajo audiovisual soberbio firmado por mi compañero de prensa, Oliver. Su pieza refleja de manera milimétrica lo que el Resurrection Fest significa para la comunidad metalera. Este festival ha trascendido la mera programación de conciertos; el Resu es sinónimo de reencuentro, abrazos, amigos, familia y desconexión total. Son cuatro días donde el ritmo del mundo exterior se detiene por completo para permitirnos recargar las baterías emocionales entre canciones, fosos y risas compartidas.

 

¡Hasta aquí mi crónica de esta edición histórica! Si habéis llegado hasta estas últimas líneas, os agradezco enormemente la lectura y el apoyo incondicional a mi trabajo. Nos volvemos a encontrar el año que viene en las redes, en los festivales, en los fosos de prensa y en las salas de conciertos. ¡Un abrazo enorme para todos!

 

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